El deber de comunicar y el deber de informar

Según Estrella Digital, siempre que los políticos tienen un problema, la responsabilidad recae en la comunicación. “Es que no lo cuentan bien”, “los medios nos atacan”, “tenemos que mejorar la comunicación”. Así pasa siempre, en el PSOE y en el PP; en la oposición y en el gobierno.
Es verdad que en España la prensa dista mucho de mantenerse en un punto intermedio, más allá de banderías y otras lealtades – las económicas de Aguirre, sin ir más lejos-. En otros países sucede algo parecido: en Francia, Reino Unido, Estados Unidos o Italia, cada medio se define por la simpatía hacia quien defiende ideas parecidas. En la última campaña legislativa británica sorprendió, sin embargo, cierto giro en la prensa tradicionalmente laborista hastiada de la deriva que el país iba tomando. Y eso fue, a su vez, noticia.
Los magnates de los medios intervienen en política. Suculento material es la prensa; quizá por eso los líos que acompañan a Murdoch desde hace meses.
Pero volviendo a casa, España es un país de posiciones encontradas y aunque ningún medio se defina abiertamente, salvo los afines al nacionalismo vasco, cada uno es de cada cual tanto o más que su más próximo competidor de similar línea editorial. Si acaso, la izquierda está más huérfana que nunca con la caída del proyecto de Roures o con la eclosión de los mundos de Cebrián.
Los mensajes políticos, pues, muchas veces no provienen de los argumentarios del partido de turno, se elaboran directamente en las redacciones. Y eso hace que se produzcan fenómenos curiosos en las redes sociales, donde lectores que nunca leerían esa prensa se dedican a difundir como chanza las portadas más agresivas, agitados y tenaces en la defensa de esto o de aquello, de los medios contrarios a su ubicación ideológica.
Esa actitud de la prensa militante es, precisamente, la trampa del poder. Pues acaba creyendo que su discurso ha convencido a los medios cuando, en realidad, estos lo habían fabricado paralelamente en función del interés. No es una crítica, allá cada cual con sus cosas, pero si es una advertencia al partido del gobierno: los españoles trascienden abiertamente al discurso doctrinario de la prensa hipotecada. Buscan referencias en un mundo globalizado que van más allá del elogio gratuito. Por eso se disocia el poder de la ciudadanía y surgen las preguntas que enunciábamos al comienzo.
Conviene, para la salud democrática del país, una prensa libre e independiente, incluso de sus propias tentaciones de apoyar como hinchada las ideas que le sean más próximas. Y debe protegerse el partido del gobierno de los aduladores sin más, pues son muchos más los que buscan nuevas fuentes de información que no vengan predeterminadas de fábrica. Cada vez se valoran más los medios que alienten la reflexión imparcial diferenciando opinión de información y cumpliendo con su deber de contar lo que pasa con rigor y veracidad. Aunque no guste a los más cercanos.
Por eso, la tarea del gobierno, del partido que lo sustenta y de igual modo en la oposición, en todo el arco parlamentario, es hacer, transmitir y explicar lo que corresponda ubicando al otro lado del micrófono a una sociedad adulta, libre e inteligente.

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